Rafael Manzano (1992)

Viaje al interior de la pintura

Considero a Lluís Valls Areny como uno de los paisajistas más destacados de Catalunya; su distanciamiento en Castellar del Vallès, a la vera del río Ripoll, a la sombra del Puig de la Creu, le ha restado, quizá, protagonismo. Ahora, gracias a “Caja Madrid” —que le cedió generosamente sus espléndidas salas— podemos establecer balance de su ya larga trayectoria.

Valls Areny estudió con el pintor Vilatobà; más tarde ingresó en la famosa “academia Baixas”, de Barcelona. A partir de su inicial exposición en Sabadell (1952) podríamos analizar cuatro etapas en su tarea. Primero se mueve dentro de un “impresionismo” convencional; en la agitada década de los “50”, en la que el arte catalán acusa su deshielo después de nuestra contienda civil, Valls Areny se orienta hacia un “expresionismo abstracto”; pintó a la cera y sobre papel respirando las corrientes de la Europa de la trasguerra; de 1958 a los años “60” asumió su paleta un vibrante cromatismo en la línea de las investigaciones “fauvistas”. Un viaje a Soria le significará una transformación estética muy profunda; el paisaje soriano, tan austero, impresionaría sus retinas. Y comenzará una obra en la que retirará andamios a los paisajes, dejándolos en los “puros huesos”; en sus raíces esenciales.

Esa fórmula, de apoyarse en las cepas y no “andarse por las ramas” la continuará aplicando, desde entonces. Lo mismo si plantea temas pirenaicos, de la Cerdanya o del próximo Castellar del Vallès; o cuando, orillando la gracia de Mallorca, desplaza su caballete a la seca y súbita planuria de Menorca. En Alayot no hay curvas sino rectas. Lo que importa a Valls Areny es viajar hacia el interior de la pintura en lucha por rozar la sacudida intimidad de las cosas. Sus pinceles rechazan el arte como “comodidad”; a la manera de un “almohadón” como proclamó Matisse. Él rehuirá todo lo fácil preocupado únicamente por reflejar el dramatismo de la tierra. De ahí su entendimiento de la obra como una dificultad sin otra salida que el esfuerzo lento y coherente. Ahora, al cumplirse los cuarenta años de su primera exposición, le llega a Lluís Valls Areny la hora solemne de volver la vista atrás mediante la presentación de una antológica. Y no para regodearse en el pasado con riesgo de convertirse en bíblica “estatua de sal” sino con el objeto de que podamos reflexionar sobre su andadura. Y con el ánimo seguro de proseguir la marcha aunque, a veces, arañen sus carnes los zarzales de los caminos.

  Presentación de la Exposición Antológica 1952-1992 (Caja de Madrid, Barcelona)

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