Sebastià Gasch (1956)

En el taller de los artistas

      Con Valls Areny

     Castellar del Vallés es una población encantadora, que permanece en quietud y paz debajo de la montaña de Sant Llorenç del Munt. Está coronado por el altozano del Puig de la Creu con una casona ruinosa en su cima y, a sus pies, el riachuelo que baja desde muy arriba, serpenteando. En Castellar del Vallés nació el año 1927 el pintor Luis Valls Areny.

     Hay en las palabras de Valls Areny una frase que define su obra y su actitud en el arte.

     Una factura limpia y clara que ni engañe ni oculte.

     La reacción que se nota actualmente en determinadas tendencias mundiales se halla motivada, acaso, por ese mismo empeño, más moral que estético: hablar claro y jugar limpio. Es una cuestión de actitud más que de fines. Se diga lo que se diga, se vaya donde se vaya. Pero procedamos con método.

     Luis Valls Areny cultiva el paisajismo local. Por dos razones. Primera, porque por lo general el temperamento catalán propende al realismo fundamental que inspiró al impresionismo. La sumisión a la naturaleza objetiva representa para él una liberación, y nada estimula tanto su imaginación como el contacto directo con las cosas. Y durante muchos años la pintura catalana ha pintado lo que ha visto, y lo ha pintado con alegría. Los artistas catalanes han devorado el paisaje con un deleite sensual tan intenso, tan bárbaro, que en muchos momentos hubiérase dicho que su pintura era la satisfacción de una necesidad biológica más que el resultado de un juego mental.

     Segunda razón. Luis Valls Areny ha nacido y reside en el Vallés. El Vallés… «Com el Vallès no hi ha res…» Campo suave, declives cadenciosos de los collados mullidos, verdegay claro y riente, aunque a la vez que riente, melancólico… Hay algo que atrae e invita al abandono en ese paisaje de horizontes amplios. La configuración de la tierra, la vegetación, el color y el alma de este paisaje, gravitan fatalmente sobre los sentidos de un pintor y le dan una alegría y una voluptuosidad tranquila. Han gravitado fatalmente sobre el ánimo de Luis Valls Areny. Pero, sigamos procediendo con método.

     Llegó un momento en que este paisajismo catalán, a fuerza de ser prodigado hasta la saciedad, engendró las obras más triviales que registra la historia de la subpintura. En la época de las vacas gordas, en los años cuarenta, dio origen a la fabricación en serie más vil. Y son todavía legión los pintorzuelos que continúan hallando plena satisfacción en esta estéril estandardización. A un cultivador bisoño de este paisajismo amanerado le ha de resultar sumamente difícil hacer asomar su personalidad a través de esa monotonía y de esa afectación abrumadoras. Luis Valls Areny lo ha logrado con creces, y por eso merece ser destacado lo que no vacilamos en calificar de hazaña.

     Se ha dado el caso, empero, que, a medida que su pintura ha dejado de dirigirse a los ojos y ha ido a contrapelo del naturalismo fotográfico, ha medida que su pintura ha dejado de imitar para crear, su actitud ha sido considerada por algunos como una estrafalaria traición. Y quienes otrora le prodigaron elogios ahora fruncen la frente y las cejas ante este laudable intento de separarse de la línea tradicional. Con todo, Valls Areny no se arredra ante las defecciones, y porfía obstinadamente y con tenacidad para el logro de su empeño. Por eso decíamos al principio que este joven pintor juega limpio. Dejemos, sin embargo, que él explique la evolución sufrida por su pintura.

     Luis Valls Areny es persona que habla en voz baja y que en su manera de hablar da justa y cabal idea de su modo de pintar y de entender el paisaje. Los cuadros de Valls Areny no gritan ni gesticulan.

     —Empecé pintando del natural —dice—. Un día, en el taller, al dar algunos toques a un lienzo para quitarle imperfecciones, me di cuenta de que, una vez retocada, aquella obra expresaba con mayor intensidad lo que yo pretendía y que nunca había conseguido copiando el modelo vivo. Este fue el punto de partida de la laboriosa tarea de simplificación y de eliminación de lo accidental que he emprendido. Ambiciono decir muchas cosas en pocas palabras, y considero que si el artista no pone en su obra algo de lo que lleva dentro, no rebasa los límites del simple copista.

     —¿Ha conseguido por su propio esfuerzo quitar de su obra la hojarasca inútil?

     —Sí, en efecto. Soy un autodidacta puro. Yo no creo que la pintura pueda ser enseñada en academias. Un pintor lo ha de aprender todo por sí mismo, y supongo que los grandes maestros aprendieron todo cuanto sabían por sí mismos.

     —¿Ha celebrado usted muchas exposiciones?

     —Mi biografía es muy breve. Sólo he efectuado una exposición particular en la Academia de Bellas Artes de Sabadell y tomé parte en una colectiva celebrada en las Galerías Augusta, de Barcelona.

     En su taller de Castellar, desde cuyo ventanal se descubre un trozo soleado del maravilloso paisaje del Vallés, ha desfilado por ante mis ojos toda la producción pictórica de Luis Valls Areny. Una muestra de sus primeras pinturas y una buena cantidad de lienzos recientes me han permitido conocer el cambio radical sufrido por la obra de este pintor.

     Valls Areny ha simplificado la factura y las tintas y de esa condensación ha nacido su actual etapa estructuralista. La precisión formal, obstinada como la de los primitivos, explicada sin paráfrasis colorísticas, ha desbancado el comentario a las irisaciones de la atmósfera. La luz ha dejado de ser el protagonista de sus lienzos y los contornos subrayados ejercen la supremacía en su producción.

     ¿Arte nuevo? No. Ni nuevo ni viejo. Arte vivo, sencillamente. Ni el arte envejece ni seremos tan pretenciosos que creamos que se puede hacer algo nuevo.

      Mylos

      (Sebastià Gasch, Destino, nº 1000)

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