Lorenzo Soler (2001)

La Soria de LLuis Valls Areny

La primera impresión que produce el hecho de contemplar la pintura del artista catalán Lluís Valls Areny es la de su extraordinaria serenidad, su admirable equilibrio compositivo y esa apasionada devoción por la geometría desnuda de artificios que constituye el paisaje del alto llano numantino. Tras esa inicial sensación, podríamos analizar la firmeza de su pincelada, la calidad de su empaste, el vigor colorista resultado de combinar las mil gradaciones de ocres, tierras, sienas y amarillos, y el ascetismo de su trabajo que le lleva a no emplear ni un solo recurso más allá de los eestrictamente necesarios. Pero de todo esto mejor hablaría un crítico, que no yo, mero espectador y admirador de su obra. Sin embargo yo puedo, y quiero, con la autoridad que me otorga el conocer al hombre y su obra desde hace cerca de cuarenta años, referirme a otros aspectos de su personalidad humana y artística.

     Como afirmaba Marguerite Duras refiriéndose a la fotografía, cada cuadro no deja de ser «el retrato de uno mismo». Por ello no es de extrañar que Lluís Valls Areny, aunque catalán hasta la médula, y cuya sensitiva pupila se forjó en los barrocos paisajes de su Vallès natal, dominados por una infinitud de abigarrados y feraces verdes, recalara en esta soria silenciosa, elemental y pura, exacto contrapunto de su amado paisaje mediterráneo. Era inevitable que el mágico encuentro entre esta tierra y este hombre —este artista— se produjera más tarde o más temprano, como efectivamente así sucedió hace ya varios lustros. Lluís se acercó un día con curiosidad a estas tierras del Alto Duero, y desde entonces ya no ha podido librarse de su influjo. En Almajano estableció su otro estudio, y desde allí, ojeando el paisaje de las Tierras Altas, llegó al convencimiento de que ése era también su paisaje interior, aquel que todos nosotros llevamos en nuestro subconsciente y que, de algún modo, significa la materialización de nuestro propio espíritu, de nuestros sentimientos más ocultos. Así, no es de extrañar que Lluís, hombre de talante ascético, de humildad franciscana, de modestia admirable, y de hondos silencios, conectada con la música callada del severo paisaje soriano. Y así saltó la chispa de su inspiración.

     Cuando Valls Areny pinta la escueta gravedad de estas tierras, su desnudez, su recogimiento, se está mostrando a sí mismo. Como los pintores más auténticos, como Goya, como El Greco, él está fielmente representado en sus cuadros, hasta poder afirmar que son retratos de su propia alma. Lluís rompe su pudor innato y derrama sus velados sentimientos por la superficie del lienzo. En apariencia, sus obras muestran paisajes de Castilfrío, de Velilla, de Canos, de Pobar, de Estepa de San Juan, de Calderuela, de Cirujales, de Losilla o de Almajano, pero en realidad lo que nos está desvelando son distintas esencias de su propio espíritu. Toda una concepción del mundo, austera, severa y ordenada, está contenida en su manera de narrar el paisaje soriano. Los oscuros encinares, los páramos ascéticos, los trigales amansados por un sol de justicia, las tierras labrantías como estameñas pardas, las calvas sierras, los ariscos pedregales…, ¿qué nos evoca todo eso?

     Ya lo habrá descubierto quien leyere estas líneas: este paisaje, y su interpretación, nos remite directamente a don Antonio Machado. Misteriosos designios proyectados a través del tiempo y de la distancia unen, en una misma visión moral y estética de la vida, los nombres de Machado y Valls Areny. Así, podemos afirmar que nos encontramos ante el más machadiano de los pintores actuales, este catalán, soriano de sentimiento y adopción. Y, si se me permite la hipérbole, la blasfemia incluso: de no haber existido el Antonio Machado de Campos de Castilla lo tendríamos que haber inventado para explicar toda la desnuda sobriedad y la callada emoción que nos comunican los cuadros de nuestro pintor.

     alamedas del río, verde sueño

     Por donde anduvo errante la sombra de Caín, anduvo Valls Areny empapándose de tierra, de sol, de espigas, de girasoles, de romero, de tomillo, de salvia y de espliego. En estos cuadros, donde el hombre es el gran ausente, también se nos quiere explicar el drama de Castilla: la despoblación, el silencio y el desamparo de sus pueblos. Cuadros llenos de melancolía, que no de tristeza, imágenes de una tierra que, como afirmaba el poeta, «ve a sus propios hijos huyendo de sus lares».

     Cada vez que Lluís Valls Areny regresa a su Castellar del Vallès natal, seguramente evoca aquellos versos de Machado, cuando desde Baeza escribía:

     Tierra del alma toda, hacia la tierra mía,

     Por los floridos valles mi corazón te lleva.

     Más machadiano todo, imposible

      LORENZO SOLER, director de cine

      Presentación de la exposición Valls Areny, Palacio de la Audiencia (Soria, 2001)

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